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Rothfugio

De paso por Chile (3er Bloque)

De paso por Chile (3er Bloque)

[4ª PARTE]

Vaya días... Después de la vuelta de la X Región de nuevo a Santiago, las cosas no parecen ir excesivamente bien. Con la baja por enfermedad de uno de los componentes que, afortunadamente, ya está en activo de nuevo, parece que las cosas han querido torcerse al tiempo. Las inmunos no salen y el panorama no promete mejora, al menos de momento. Espero que esto vaya a mejor, porque ya sólo me faltaba eso...

Y claro, como uno tiene la cabeza en mil sitios, pues no se centra, y así nos va... Es cierto que la semana pasada fue bastante buena, pero ahora mismo, en este instante del día, me apetece estar de vuelta en mi casa y meterme en la cama, o al menos tener un momento de esparcimiento mental con los amigos y una buena cerveza para paliar esta sensación de "deslocalización".

Veremos qué pasa...

[5ª Parte]

Después de una semana compleja y estresante, el fin de semana merecía ser de relax, y así ha sido. Pero antes de contar eso debo decir que uno de esos días me llevaron a cenar a "Donde el Guatón", un lugar donde tomarse unos churrascos, omitos y demás de tamaño normal... ¡y guatón! Aquello era espectacularmente gigante, de un grosor sobrenatural, y la guerra fue ardua y duradera. Espero conseguir la foto que lo atestigua. El viernes fue más tranquilo, acabamos demasiado cansados como para salir a cenar por Santiago, pero dimos buena cuenta de los recursos ya no tan abundantes de nuestra nevera y nos hicimos una cena ligera pero sabrosa, y caímos rendidos en la cama, porque vaya tute llevábamos de trabajo…

El sábado la idea era ir a casa de uno de los “profes”, ya que iba a celebrar un buen asado con toda la comitiva de amigos, compañeros y alumnos. Nos hizo un “tour guiado” por su casa, con huerto, invernadero, barbacoa y minizoológico incluidos, y cuando empezó a llegar la gente comenzamos a disfrutar del choripán, la cerveza y el pisco sour. Luego llegó la comida, con harta ensalada y buena carne asada al fuego con salsa de ají en sus múltiples variedades de picante, de poco a muchísimo (delicioso). La verdad es que fue un almuerzo (de 13:00 a 00:30, lo normal) muy divertido donde pude conocer a un montón de gente y echarme unas buenas risas con tantos frikis de todo tipo, desde la música hasta especialmente la antropología física (debo decir que causó sensación mi esclava de calaveras, jeje). Toda la tarde se basó en comer, beber vino, cerveza y pisco, tocar la guitarra y cantar y charlar de todo un poco con todos ellos. Finalmente nos acercaron gentilmente a casa (porque era una vuelta de narices) en un coche automático donde viajábamos 7 personas; el hecho de que hubiera 5 en el asiento trasero no era ningún problema, aquí no te paran por ello… Así que debo dar las gracias a todos los que conocí porque lo pasé genial, como Gabriel, Fabián, Rocío, Catalina, Toñi, Pablo, Sebastián, todos los nombres que no recuerdo y, sobre todo, a Eugenio, Germán, Sergio, Lucho, Rodrigo y Ariel, porque fue un día fantástico.

Y aunque para el domingo la idea era juntarnos en casa de los superprofejefes, a última hora del sábado (que más bien fue primera del domingo y por teléfono), se cambió el plan para ir a pasar el día a Valparaíso. En realidad es una forma de hablar, porque hicimos un buen recorrido. A eso de las 10:30 salimos rumbo a Valparaíso, cruzando el valle de Curacaví y el de Casablanca, y llegamos a Valparaíso. Nos dimos una vuelta, subimos a los cerros en los famosos ascensores, recorrimos el puerto, nos hicimos unas fotos en el monumento a Arturo Prat (gran guerrillero chileno), visitamos la casa-museo del genuino Lukas y partimos hacia Concón, bordeando toda la costa del Pacífico y pasando por Viña del Mar y Reñaca, entre otros lugares. Las vistas son increíbles, con el gran Pacífico golpeando en sus playas, que son paradisíacas te encuentres donde te encuentres, y en el que si miras al horizonte no distingues claramente la separación entre mar y cielo, porque la bruma de la tremenda evaporación del agua lo cubre todo y el límite no queda definido.

Llegamos a Concón y nos sentamos en un buen restaurante junto a la playa, a la sombrita pero con buena brisa marina y nos decidimos por unos entrantes de locos y machas a la parmesana, acompañados de un buen pisco sour. Después, corvina Monterrey (riquísima) con cerveza y de postre papayas en almíbar. Qué delicia de marisco chileno, y eso que me quedó tanto por probar; es algo que uno no puede perderse, en serio. Con el estómago más que lleno pusimos rumbo al Norte, siguiendo la línea de la costa, y pasamos por Ritoque, Puchuncaví, Maitencillo, La Laguna y Cachagua, hasta llegar a Zapallar. Aquí tengo que decir que Cachagua es una maravilla, aspecto rural y casas increíbles, con la playa de Las Cujas, que tiene una bajada tremenda por escaleras de madera que no quiero imaginarme en lo que se traduce de subida. Pero Zapallar me impresionó; es más bien un rinconcito escondido del mundanal ruido en la costa del Pacífico, con unas playas tranquilas y del tamaño perfecto, el agua helada incluso en esta época del año y con un ambiente turista que más bien es el de propietarios de grandes fincas en la ladera de la montaña, medio disimuladas en el bosque. Las gaviotas y los pelícanos, decenas y decenas de ellos, campan a sus anchas por la zona y puedes ver el espectáculo de su vuelo rasante sobre el mar y el momento en que se alzan para tomar altura y zambullirse en picado en busca de algún desafortunado pez. Realmente un lugar hermoso, tranquilo y donde no me importaría tener una “casita” para retirarme, sinceramente. Y después de una cervecita para pasar el calor y terminar de digerir tamaña ingesta de marisco, pusimos rumbo de vuelta a Santiago atravesando la desembocadura del río Aconcagua (donde vierte sus turbias aguas al Pacífico en una espectacular mezcla de tonos marrones y azules) y metiéndonos más en el interior y pasando por Papudo, Catapilco y el túnel El Melón, y viendo cantidades inmensas de palmeras chilenas, paltos, quincos y cardones (por el camino nos topamos con un par de incendios forestales en la distancia, con grandes líneas de llamas y que tenían toda la pinta de ser provocados por la distribución del fuego, espero que se sofoquen pronto) y llegamos a Santiago, al apartamento. La verdad es que fue un día cansado, con 400-500 Km. en el cuerpo que quieras que no hacen mella, así que dormimos como campeones. Eso sí, primero había que echarle un ojo a las fotos, que ya colgaré con tiempo, y que podían haber sido más si no me hubiera quedado sin batería en la cámara (que no es de extrañar, con el ritmo de fotos que llevo últimamente para poder seleccionar las mejores)…

Y hoy a ver qué pasa en el curro, que también promete haber jaleo. A ver si funcionó el broche final de la semana pasada. Crucemos los dedos, porque nos quedan sólo un par de días…

[6ª PARTE]

La verdad es que tras sólo un par de días de mi última entrada y a tan sólo unas horas de mi vuelta a España no habría mucho que contar si no fuera porque de repente las cosas pueden adoptar un giro extraño (y graciosamente divertido, al fin y al cabo). Parece que las cosas empezaron a funcionar en el laboratorio justo a tiempo antes de partir, y pudimos recuperar gran parte del material y disponerlo para llevárnoslo a Madrid. Por el día almorzamos porotos granados con masamorra (¡espectacular!) en el mítico “Santa Inés” y por la noche salimos a cenar con unas amigas de aquí; tomamos chorrillana, sopaipillas y empanadas y luego a tomar una cerveza en plan tranquilito.

Y ayer por la mañana fue el día en que todo salía al revés, y es que amaneció un cumpleaños extraño ya de por sí. Después de levantarme aburrido de dar tantas vueltas y con tanto ruido de las obras de la misma calle, desayuno y a visitar a unos antiguos amigos del jefe. El asunto es que tratando con uno de ellos sobre los avatares de nuestra experiencia en terreno en el sur de Chile, el colega puso manos a la obra e, ipso facto, agarró el teléfono para ponerse en contacto con una compañera del hospital que trabaja en su proyecto sobre multitud de cosas de las cuales no hablaré aquí. El resultado fue que en apenas unos minutos estábamos en el hospital con una orden directa para hacernos unas pruebas en sangre y descartar posibles “consecuencias negativas” de nuestra estancia en terreno “expuestos a factores de riesgo”. Bueno, pues a esperar tocan. Como Chile es igual que España en asuntos burocrático-administrativos, la espera se demoró más de una hora y media, porque la señorita en cuestión se había ido a comer en ese instante, mira tú qué gracia (como dijo uno de nuestros interlocutores durante el desayuno de a media mañana: “Si nos hubieran conquistado los ingleses…”). Total, que después de todo ese tiempo, bastó con pasar a una sala tras dar nuestros datos para que nos sacaran 200 mL de sangre a cada uno y listo.

Así que, ya que no pudimos cumplir nuestro compromiso de ir al mercado central a comer pescados y marisco con otra persona, decidimos hacerlo por nuestra cuenta y nos dirigimos a uno de esos fantásticos “Dominó”, donde a pesar de no ser un sitio de gran glamour los completos (perritos calientes) son exquisitos, y disfrutamos de uno en condiciones con palta y jugo de melón recién exprimido (“agggghhh” [léase imitando a Homer dejando caer la baba por la comisura]). Paseando por el centro, había que celebrar el cumpleaños, así que fuimos a uno de esos fenómenos sociales tan típicos de Santiago y de los que cada vez quedan menos, un café con piernas. Bien, el sitio es bonito, bien decorado (es decir, los espejos estudiadamente colocados), y la atención buena, cos que era de esperar. Había que conocerlo, así que nos tomamos el café y nos fuimos, y listo. La verdad es que son sitios curiosos, y como experiencia estuvo bastante bien; eso sí, la fauna que se ve ahí es para escribir una enciclopedia, pero bueno…

Seguidamente me obsequiaron con una “visita guiada” por el centro de Santiago y La Vega, de la cual desafortunadamente no tomé fotos, pero desde luego es impresionante. La cantidad de pescado, fruta, verdura y otros enseres que hay ahí no tiene comparación en ningún sitio. Un mercado de tamañas dimensiones, para abastecer a toda una ciudad del tamaño de la capital chilena, es sin lugar a dudas digno de ver. Literalmente, puestos de fruta hasta donde alcanza la vista, y pasamos por los lugares donde comen los turistas y después por los buenos, donde comen los chilenos. Qué maravilla de olores… Lo cierto es que pasear por ahí te da una visión bien distinta de lo que es la ciudad. Pero merece la pena, desde luego, y muchísimo.

Y después, llegada al laboratorio, poner todo a punto durante la tarde y marchar a cenar, esta vez sí como celebración de verdad y a petición popular, de nuevo al “Bierstube”, que nos encanta, y que siempre deja con muy buen sabor de boca. La verdad es que fue el más raro, exótico, caluroso, surrealista, kafkiano, inesperado y largo cumpleaños que he tenido en toda mi vida (largo porque empezó 4 horas antes, que yo me adapté al horario español cuando me convino para recibir felicitaciones), y sin duda inolvidable.Así que esta mañana ha tocado hacer el equipaje medio corriendo y con todo ello al laboratorio, donde estoy ahora, para salir directos desde aquí al aeropuerto. Es una lástima que no hayamos podido, entre unas cosas y otras, hacer todo lo que teníamos pensado ni ir a todos los lugares que habíamos planeado, pero otra vez será. Las cosas vienen como vienen y hay que asumirlas, sean como sean. De nuevo cito al gran tipo que tan a menudo me decía (y aún me dice): “Roth, las cosas no son como deberían ser; son como son” (¡pero qué grande eres, Andrés, y cómo me he acordado de ti estas semanas por aquí!). Mañana a estas horas aproximadamente estaré por Madrid, congelándome de frío, acordándome del calor que hace aquí en estos momentos, comparando el clima, la ciudad, la gente, la forma de pensar… todo. Y por supuesto esbozando una sonrisa cada vez que me acuerde de la imagen de los árboles y adornos de Navidad con la gente en maga corta y 35º C a la sombra…

Ha sido un viaje tremendo, del que me llevo una gran experiencia, un recuerdo fantástico, una sensación de generosidad y hospitalidad brutales y un buen puñado de fotos bien chulas. Así que gracias a todos, pero sobre todo a Jesús por hacerlo posible, a Raúl, Marcia y Sole por dármelo todo aquí y enseñarme tantas cosas, y a Juanito por su maestría en el sur en todos los sentidos. Ha sido genial. Y aún me quedan algunas fotos por subir…

Me conformo con que el vuelo de vuelta sea tan bueno como el de (ven)ida…

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