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Rothfugio

La vida es ficción

La vida es ficción
No tenemos ni idea de la realidad. No sabemos lo que ocurre ahí fuera, porque somos incapaces de verlo, de conocerlo y, aún en tal caso, de comprenderlo. Hay ocasiones en las que, sin esperarlo en absoluto, una reunión de amigos desemboca en pensamientos y conclusiones abrumadoras (en múltiples sentidos), en una oleada de sensaciones tal vez hasta ese momento desconocidas (o no advertidas). Hace muy poco tuvo lugar una de esas ocasiones.
Existen gran cantidad de personas en el mundo, en muy diferentes contextos y en toda suerte de suertes. Los que habitamos en el (en mi opinión mal llamado) "Primer Mundo" seamos probablemente los que más desazón encontramos en nosotros mismos. Resumiendo, la vida es nacer, crecer y morir. Sin resumir, podrían escribirse cientos de miles (hasta innumerables) tratados acerca de lo que ese concepto significa. Lo cierto es que hay veces que lo tienes tan claro que no te lo crees, ni quieres hacerlo. Otras veces todo se desmorona y nada tiene sentido, y otras ni siquiera te planteas tales cuestiones. Esta ocasión fue de ésas en las que de repente parece que vislmubras la luz de la verdad absoluta, y poco a poco te das cuenta de que esas conclusiones, aún tan claras, poco pueden hacer para ayudarte a encontrar el sentido de tu vida. A decir verdad, me alegró poder compartir con estos amigos unas palabras que nos llevaran a comprender qué hacemos aquí (aunque no lo consiguiéramos) y, aunque el sentimiento se ha diluido con la estela del tiempo, las ideas han dejado ciertas secuelas en mi mente.
La vida es ficción. ¿Qué hay de real en la realidad? ¿Qué hay de mi realidad en tu realidad? ¿Acaso confluyen en algún punto? En el caso de tamaña coincidencia casi podríamos hablar de milagro, similar al milagro de la vida en su aparición. ¿Qué importancia tiene todo lo que ocurre a nuestro alrededor? A nadie le importa que otro nadie (porque ya no es alguien, es nadie, porque no importa) tenga o no trabajo, que disfrute de un perfecto estado de salud o se retuerza en indecibles sufrimientos, que lamente un mal de amores que en realidad fue siempre una condena de desamor, que consiga alcanzar un objetivo personal en el tiempo que dura su existencia en este plano del espacio y del tiempo. Podría parecer que todos somos humanos y nos preocupamos de lo que a nuestro alrededor acontece; podría parecer que estamos siempre pendientes de cuanto le ocurre a alguien que, parece ser, nos importa. En realidad, ¿qué importa todo eso? La vida es ficción porque no existe otra vida para nosotros que la nuestra. Todo cuanto nos rodea no es nuestra competencia, no es objeto de estudio ni tratado en el tiempo que se nos ha dado (si es que alguien nos lo ha dado). Entendámonos, todos queremos ser felices, o eso dicen pero, ¿qué significa ser felices? ¿Es que acaso buscamos un amor, un trabajo, una salud? ¿Es que acaso buscamos poder hacer todo cuanto deseamos sin que nadie nos lo impida? ¿Es acaso posible definir la felicidad, igual que no es posible definir el amor? Siendo francos e imperturbables, nosotros no le importamos a nada ni a nadie. Procedemos de un cúmulo de materia y energía que en un momento dado comenzó a expandirse por la inmensidad del espacio, transformándose, llevando a cabo reacciones químicas que obedecían leyes físicas y que se expresaban con el lenguaje de las matemáticas. Se organizó una belleza armoniosa de cuerpos que viajaban, giraban, orbitaban y gravitaban, y un buen día, en la más absoluta ignorancia del cómo (y no digamos del porqué, aunque el porqué puedo garantizar que en este caso no existe), nos encontramos aquí, primero en forma de bacteria, y una milésima de tiempo apenas después en forma de algo que llamamos ser humano. La vida es ficción, ya no es real. Todo lo que fue dejó de ser y ahora es algo diferente. Y, por supuesto, será algo aún más diferente después. Nos encaminamos a la inevitable e incomprensible eternidad del tiempo y el espacio, y nuestra estancia aquí es poco menos que efímera, intrascendente. E, ilusos de nosotros, pretendemos sea inestimable e inolvidable. Inolvidable, ¿por quién? No nos damos cuenta de que nadie habrá que pueda recordarnos a nosotros mismos, como humanidad, como especie, como evento de importancia en la corta vida de este planeta que sigue su rumbo fijo, a unos 24 Km/seg en su órbita y que, según algunos que dicen ser expertos, ya ha consumido más del 95% de su historia de vida. ¿Qué le importa al orden del universo lo que seamos, hagamos o digamos, lo que pretendamos, si no somos nada ni nadie en esta existencia? El universo, vivo por sus ciclos constantes, nace, vive y muere simultánea, constante y eternamente dando ejemplos conocidos y que jamás lo serán de lo que en realidad está ocurriendo. ¿Cómo nos preocupa la enfermedad, la felicidad o el amor, si por un instante en nuestra insignificante estancia aquí somos conscientes de que no servimos de nada, de que no tenemos utilidad para nada ni para nadie (ni para un hipotético ser superior u orden de seres superiores)? No podemos, es imposible, ser algo importante y relevante en la eterna trayectoria del universo del que ahora formamos parte. ¿Cómo podemos pretender ser lo único que ha surgido aquí, si no suponemos nada de lo que es, ha sido o será todo esto? La inmensidad contempla inimaginables formas de existencia que nunca llegaremos a conocer y que ocuparán el lugar que ahora ocupamos nosotros. La vida de una estrella no es nada comparada con la de la galaxia que la contempla, y que a su vez llegará a su fin cuando implosione toda ella en el macroagujero negro situado en su centro. Ésta, a su vez, colisionará con otra, formará un cúmulo de cuerpos celestes que desordenará el universo entero y que llegará a fusionarse con otra más a millones de kilómetros por hora, y después con otra, y otra, y otra, y nunca dejará de transformarse.
No contentos con esto, no hacemos más que desestimar la idea de que somos el producto de la casualidad, de la más extrema casualidad, desde el cómo de nuestra milagrosa aparición en el mundo hasta la fortuna de haber invadido un vientre años ha, pasando por la supervivencia de nuestros antecesores evolutivos a todo tipo de dantescas catástrofes y hecatombes del mundo, de nuestro mundo, del mundo que conocemos, porque el resto del verdadero e infinito mundo, como dije, no lo conocemos ni lo conoceremos jamás. Es imposible pretender ahora querer ser algo en este punto, cuando este punto tiene los días contados, y nosotros aún más. No llegamos a una parte infinitesimal de la historia del mundo, y aún con ésas pretendemos ser algo y alguien. Nos aferramos a la idea de que existe una búsqueda personal, una introspección en nosotros mismos y una extrospección para ayudarnos a comprender el contenido de nuestro ser y cómo enlaza ello con el orden externo que nos rodea. Nos creemos piezas de un puzzle que no hace sino rompernos la cabeza y el alma buscando ese camino que seguir para encontrarnos, y de lo que no nos damos cuenta es de que somos nosotros mismos el camino que recorremos, y que no estamos ni estaremos nunca al final del mismo, entre otras cosas, porque no hay tal final. Esa búsqueda del significado personal en este todo (o nada) no es otra cosa que una forma de mantenernos ocupados mientras sufrimos la incertidumbre de lo que será después, cuandoquiera que eso sea. El tiempo que nos ocupa debe ser empleado, o será desperdiciado, o eso queremos pensar, de manera aún inconsciente. Hemos asumido que jugamos un papel en una obra dirigida por algo o alguien, que tenemos un objetivo en esta aparición milagrosa que es nuestra vida. Y el resultado final es que no hay vida, que la vida es ficción, porque no hay nada más para nosotros que nosotros mismos. Y es que, ya que no podemos comprender ni alcanzar el orden del todo, el significado que tiene todo lo de ahí fuera, desesperamos por darnos un significado a nosotros mismos que nos alivie de la "insoportable levedad del ser", del no significar nada, del no valer nada, y del no importar nada.
Estos momentos de revelaciones quedan ahí, están, han existido, y tal vez sean una manera de llegar al conocimiento que todo hombre busca, de nuevo, para sentir que es algo o alguien porque, en realidad, todas mis palabras significan que llevo razón, incluso éstas últimas, cuando digo que no somos nada. Pero morimos en el intento de serlo.
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